miércoles, 12 de abril de 2017

Sumiso








Rictus serio, tal pareciera triste, casi ausente, tensa la musculatura, rígido el semblante y cansado el cuerpo. Casi no podía concentrarse mientras conducía de regreso a casa, el día, la semana, había sido demasiado largo. El trabajo le había mantenido en tensión tantas horas que apenas recordaba ya cuando había sido el último día en que, liberada la mente, su cuerpo se había relajado al lado del de su amada. Ella le esperaba como cada día, medio desnuda en el lecho, perfumada y dispuesta para su Amo.

Aparcó en el garaje adosado a la vivienda y aún permaneció en el coche durante un tiempo. No sabría bien cuánto, pero lo cierto es que aquello no hizo más que aumentar su angustia. Siempre era así, la jodida rutina y la falta de tiempo obraban un extraño efecto en él, su apetito no se apagaba -nunca lo hacía-, pero el lado sumiso del switch que llevaba dentro se conjuraba para aparecer y machacarle la cabeza. Entró en casa notando como el olor de su hembra lo invadía todo, le gustaba, amaba la sensación de saberla a la espera y, oliendo, sabía ella se había paseado por cada estancia de los dos pisos del caserón realizando semidesnuda todas las tareas.

"Buenas noches Señor". Apenas pudo esbozar una sonrisa, solo una mueca, al verla recostada en la cama. Era preciosa, había elegido su ropa interior más delicada, las piernas semiabiertas, el pelo sobre el pecho, medias, las braguitas en el suelo, velas encendidas en la mesilla, música suave. Todo perfectamente dispuesto como cada noche. No le contestó, desnudándose al tiempo que se dirigía al baño; necesitaba una ducha, quería alejar cualquier recuerdo de las últimas 24 horas, como si el agua caliente borrara las tensiones, los nervios, las prisas de otro día más de locos. Ella se ofreció a bañarle como hacía cada noche a su regreso, sin obtener respuesta.

Conocía a su Dueño casi a la perfección y sabía no debía insistir, se mantuvo callada, esperando, notaba la humedad que su sola presencia siempre provocaba entre sus piernas. Perlado su pecho en sudores, intentó disimular su impaciencia, le escuchó en el baño, el agua caer, suspiros largos, prolongados. Conocía su ritual ante el espejo y más aún bajo la ducha, por lo que nada dijo, sólo espero. El Amo salió del baño desnudo, aún húmedo el cuerpo, la toalla entre sus manos no podía disimular su erección; tenía los ojos tristes, cansados. Se detuvo a observarlo, su cuerpo siempre contradecía la edad labrada en vida y experiencias, su cabeza limpia, labios finos, húmedos; atléticos brazos, delicadas las manos, poderosas y entrenadas piernas, pecho y sexo depilados al detalle. "¿Estás bien, mi Señor?". De nuevo no obtuvo respuesta.

Ni la miró antes de sentarse desnudo en el sofá en el que tantas veces la había tomado. "¿Me permites acercarme Amo?". Nada, sólo abrió las piernas terminando de secarse el sexo. No esperó, se incorporó retirándose la escasa ropa interior que aún conservaba. Sin mediar más palabra, se acercó al sofá arrodillándose. Le acarició con suavidad casi temerosa, él la miro invitándole a continuar. Postrada fijó los ojos en los suyos sirviéndose de una de sus manos para reavivar su erección. No dijo nada, recostado su cuerpo se ofreció, notando la humedad de su lengua entre sus piernas. El tímido masaje inicial de entre sus manos pasó a acelerada convulsión entre los labios. Mojados, ella llevó la polla de su hombre a la boca; lenta, muy lentamente la retuvo sin apartar los ojos de su mirada aún ausente. Chupó, saboreó, notó sus pequeños iniciales espasmos acelerando el ritmo y tomando el control. Conocía sus reacciones, el primer empujón de su cadera anticipó el deseo de correrse. No se lo permitió, sin apartar la mirada se incorporó cogiendo sus manos e invitándole a levantarse. Obediente, extrañamente sumiso se dejó llevar hasta recostar el pecho sobre la cama. Nada dijo, solo estiró las manos aferrándose a los brazos del cabecero. Goteando, notó humedecerse las sábanas bajo el cuerpo al tiempo que la escuchó abrir uno de los cajones de la mesilla. Sudaba, excitado sintió el calor de su lengua adherirse entre sus nalgas; ella mordió con fuerza apretando los dientes hasta que un gemido de doloroso placer le indicó el siguiente paso. Colocó el vibrador que hace solo un instante había lubricado a las puertas del ano mojado, empujando poco a poco al tiempo que con la otra mano le abría más las piernas. No ofreció resistencia, dominado, sediento notó los labios secos y el deseo recorrer su espalda. Ella lo empujó dentro y su humedad hizo el resto. Lo movió activando la vibración hasta que un nuevo escalofrío nervioso comenzó a reventarle a él por dentro. Casi sin darle tiempo, lo sacó para volverlo a meter remozada la lubricación y de forma tan violenta como sus frágiles manos le permitieron. Él siguio callado y apretó fuertemente las manos en el cabecero. Lo notó dentro, rompiéndole cerró las nalgas a su redor, húmedo, brutalmente empalmado, tan mojado que sabía no aguantaría mucho más sin correrse; sin dejar de moverlo volvió a morderle con fuerza notando cada arrebatado empujón de sus caderas. Sabía que ya no podría aguantar mucho más y retiró el vibrador para que su lengua lo completara. Un espasmo y un grito ahogado adelantaron sin remisión su entrega, se corrió vaciándose casi al completo marcando las sábanas con un semen denso que inundó el lecho. Lejos de aflojar, sus manos apretaron en el segundo de los orgasmos cediendo sin embargo al tercero una vez relajadas piernas, espalda, culo y caderas.

Ella se incorporó y observó su rostro dibujar una sonrisa. Un beso en la mejilla le invitó al descanso, una amorosa cobija protegió su cuerpo todavía entre temblores mientras ella velaba su sueño.

Dormía.








3 comentarios:

  1. El lado sumiso siempre está y estará latente, la mente abierta y ese dejarse llevar es verdaderamente exquisito, siempre un placer leerte, Petrus

    Mi beso

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  2. Un texto de sumisión intenso y erótico.

    Petrus me encantó volver a leerte.

    Besos.

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